¿Un horno o una estufa?

Uno de los protagonistas de las antiguos poemas medievales y de los cuentos tradicionales, el bravo Iliá Murometz se pasó 30 años tumbado sobre la estufa de su casa antes de convertirse en salvador de Rusia. No es que el muchacho fuera vago, parece ser que una enfermedad le impedía caminar y dormir sobre el horno fue su curación. El que si era algo perezoso, fue el campesino Yemelian que utilizó el horno como vehículo de transporte por los cielos de Rusia para ir a recoger leña en algún otro cuento. La vieja Yagá recibía a los invitados cómodamente tumbada sobre el horno y les recordaba que serían cocinados en él de no ver cumplidos sus deseos. Las abuelas podían leer el futuro en las cenizas y las niñas pedían marido a su mágico fuego. En algún otro cuento el horno se convertía en protector y consejero del protagonista. Las novias se preparaban y salían para casarse desde el rincón de la casa donde vivían protegidas por el horno. Su calor recibía a los niños recién nacidos y sus cunas se colgaban del techo de la vivienda lo suficientemente cerca de él y alejadas de la puerta para estar siempre calentitos. Hasta el “Domovoi” o duende protector de la casa tenía su espacio particular cerca del horno, normalmente en sus cimientos.

No existe una representación de una casa tradicional rusa sin que aparezca este singular elemento. Indiscutible protagonista de la vivienda familiar, nos recuerda el cariño con el que cocinaban las abuelas sobre él y sus viejos trucos para hacer más fáciles las tareas del hogar. Las cenizas del fuego se utilizaban para lavar y blanquear la ropa en una tinaja de madera que siempre estaba a su lado para mantener el agua caliente. Pequeños rescoldos de leña que se utilizaban para colocarlos alrededor de cualquier parte del cuerpo ante un ligero dolor, una vez enfriados debidamente. Hierbas medicinales puestas a secar en ramilletes junto a frutas y bayas dando un agradable olor a la vivienda. Cualquier rincón del horno o la estufa rusa está pensado para mejorar el bienestar en el hogar y la comodidad de la familia.

Los viejos eslavos ya sabían que lo más básico y principal de una vivienda es un buen sistema de calefacción. Sin ella, en el interior se pueden alcanzar temperaturas incompatibles con la vida. Había que conseguir una fuente de calor que superara la diferencia de 60º ó más con el exterior en humildes construcciones de madera. Hace más de 1000 años que el “ingenio ruso” ideó su propio sistema para poder hacer fuego en el interior de sus casas: “El horno o estufa rusa”, en ruso Печь (Piech) aunque normalmente es más fácil escuchar o leer la palabra con un sentido mucho más cariñoso, es decir con su diminutivo Печка (Piechka). ¡Ah! y una misma palabra en ruso para 2 objetos diferentes en español. Para nombrar un horno no tradicional hay que utilizar otro sustantivo.

Visitando el interior de un horno ruso

Desde la sencilla bóveda de piedra donde se encendía el fuego con anterioridad al siglo VII hasta la multifuncionalidad de la estufa tradicional del siglo XVIII construida en ladrillo refractario ha sido siempre el elemento principal en la construcción y diseño de las viviendas. Por obtener un mejor rendimiento de su funcionalidad y disposición ha marcado los hábitos domésticos; ha influido en costumbres y en la manera de procesar y conservar los alimentos. Ha sido fuente de iluminación principal en las largas noches invernales, ha cuidado de la salud y facilitado la higiene y se ha dormido sobre él. Ha vaticinado el tiempo con el sonido de su leña al arder, ha servido para hacer conjuros mágicos con la intención de mejorar las cosechas, ha protagonizado refranes y dichos populares e incluso ha cobrado vida en los tradicionales cuentos. En definitiva, ha sido un elemento imprescindible para la supervivencia y por ello se ha hecho con un importante lugar en la tradición, convirtiéndose por derecho propio en un símbolo de identidad cultural.

Nadie puede imaginar una vivienda tradicional rusa sin estufa, en muchas ocasiones era lo primero que se construía. Una vez construido el horno se levantaban las paredes exteriores de madera y el tejado, “La casa se empieza por la estufa” dice un viejo dicho. Entre otras razones, la estufa rusa es muy pesada y necesita cimentarse sobre una base de piedra o ladrillo diferente a la de la casa. Situada en el centro de la vivienda, distribuía el calor por todo el interior. Una de las profesiones mejor pagadas y más valoradas fue la de constructor de estufas o “pechniki” (Печники) El resultado de su trabajo debía cumplir con los siguientes requisitos; primero, una buena combustión para evitar la concentración del monóxido de carbono en el interior de la vivienda; en segundo lugar, ser lo suficientemente grande para que los niños y ancianos de la familia tuvieran un lugar cálido y acogedor para dormir; tercero, un alto poder calorífico con un bajo consumo de leña; en cuarto lugar, la disposición de tuberías y chimenea para que no revoque con el viento el humo al interior de la vivienda; y quinto, que la estufa sea bonita.  El consumo de leña pasó a un segundo plano cuando en el siglo XVI empezaron a construir las chimeneas de “humo blanco”. Anteriormente se construían sin chimenea exterior, las estufas de “humo negro” llamadas así porque llenaban de hollín las paredes del hogar. Pero había que prestar atención a esas marcas de hollín porque nos podían decir si la mujer encargada de encender la estufa era especialmente habilidosa y sabia con su tarea. Después de la construcción, la estufa y su utilización pertenecía por completo a la mujer en la vida familiar. El hollín debía permanecer solo en la parte alta de la casa por encima de la pequeña ventana de ventilación del tamaño de un tronco, situado en la parte superior de la pared. Si no era así, la estufa o estaba mal encendida o su construcción había sido defectuosa. Con mayor poder calorífico estas estufas eran peligrosas por su facilidad para hacer saltar pequeñas chispas de fuego al interior de la casa de madera y por la acumulación de gases tóxicos. Sin embargo tenían otros beneficios; con ellas se ahumaban los alimentos para su almacenamiento, simplemente colgándolos del techo de la vivienda y consumían menos leña. Su coste de construcción era menor al no necesitar una cimentación independiente pues pesaban menos que las estufas de “humo blanco”. Se aprovechaban también las propiedades desinfectantes del humo para la madera y sus propiedades curativas si se añadían al fuego determinadas hojas y ramas de plantas medicinales. Persistieron en el ámbito rural y en las casas de baños incluso después de la prohibición de su construcción en las ciudades por parte del zar Pedro I.

Dibujo del interior de una vivienda con estufa de humo negro y el hollín bien distribuido

La estufa tanto de “humo blanco” o de “humo negro” siguió siendo el elemento principal de la vivienda y también el que más preocupaba a la hora de decorar el hogar. La vida cotidiana se realizaba en torno a ella y era más importante la apariencia externa y funcionalidad de la estufa que la del resto de los muebles. A su alrededor se distribuían las estancias y los diferentes quehaceres domésticos. Debía tener las suficientes repisas donde secar los guantes y algo de ropa, un espacio específico para colocar el samovar, los “pechniki” habilidosos dejaban una trampilla para conectar su chimenea a la del horno y así tener siempre agua caliente para beber una reconfortante taza de te sin que la estancia se llenara del humo del samovar. Bancos de día que se convertían en camas por las noches para los diferentes miembros de la familia, además del lugar privilegiado del “altillo”. Estantes que servían para guardar objetos o se utilizaban a modo de escaleras, todo ello en el lado masculino, es decir el lado de la puerta de la vivienda, normalmente el lado izquierdo. Al otro lado se escondía el rincón femenino, entre el horno y la pared más alejada de la puerta. Era el lugar más caliente de la casa, donde la mujer cocinaba, lavaba la ropa, dormían los más pequeños, se guardaban valiosos enseres domésticos y la mujer realizaba sus labores artesanales de hilado y costura. Mejor iluminado por el fuego su situación facilitaba también el uso de la rueca y hacía el trabajo de la mano derecha mucho más cómodo. Existía la creencia de que una casa no debía tener una orientación diferente si en ella habitaba una mujer habilidosa y trabajadora. Hasta la decoración de la chimenea exterior era una preocupación para los habitantes de la vivienda que debían evitar la formación de nidos que bloquearan la salida del humo y la entrada de agua o nieve.

El secreto de la “estufa rusa” es la pared que se construye alrededor del crisol, con ella se obtiene una cámara por donde circula el aire a una temperatura de 200 º C, suficientemente potente para mantener caliente las paredes exteriores construidas con ladrillo refractario. Una coraza sobre el crisol de no memos de 9 filas de ladrillo de alto. Y que por dentro es un laberinto de tuberías que dan hasta 3 vueltas alrededor del crisol y conectan trampillas y tiros antes de tomar la definitiva posición vertical.

Una estufa bien construida debía tener un crisol lo suficientemente amplio para que la persona más grande de la vivienda cupiera dentro tumbada y la boca tenía que ser cómoda para entrar y salir de él, con una altura mínima de 6 ladrillos. Retiradas las brasas y limpio el horno se rociaban las paredes con agua y se conseguía vapor. Todos estos preparativos servían para meterse dentro y convertían al horno en algo parecido a una minisauna individual. Una costumbre muy arraigada en la vieja Rusia, ya que el calor y el vapor era beneficioso para los huesos y no todo el mundo podía ir a una “casa de baños”. A veces la distancia, otras veces la comodidad de no salir de la vivienda hicieron que con la construcción de una “buena estufa”, los rusos se autococieran los sábados en sus casas, sobre todo en el ámbito rural. Así podían asistir limpitos a los servicios religiosos de los domingos. La “Bannia” o sauna rusa forma parte de los hábitos higiénicos del país desde muchos siglos atrás y es la encargada de limpiar el cuerpo y el alma a base de sudar y eliminar todo tipo de toxinas. Además de tener propiedades beneficiosas para el organismo sobre todo en un clima tan frío.

Hasta el gato tiene su lugar en una estufa rusa. Una pequeña trampilla que sirve para limpiar la ceniza del horno da al gato de la familia la oportunidad para escabullirse al exterior de la vivienda, pasear a su antojo y cumplir con sus necesidades además de comunicar con un lugar muy interesante. Debajo del suelo hay un espacio bien ventilado que normalmente se utiliza de almacén de alimentos, donde el trabajo del gato como cazador de ratones es fundamental.

¿Horno? ¿estufita?, en ruso piechka, sustantivo femenino y en diminutivo. Con la responsabilidad de proteger, curar, alimentar, aconsejar y salvaguardar el bienestar familiar…. ¿De qué estamos hablando? ¿de un horno-estufa o de una madre?. Ese debe ser el papel del horno en la extraña simbología cultural rusa.

Publicado por birioska

blog sobre cultura rusa

2 comentarios sobre “¿Un horno o una estufa?

  1. Muy , muy bien y lo más importante es que has destacado el papel de mujer en Rusia. La potencial de Rusía son las mujeres como en familia tanto en la sociedad . Rusia esta fuerte por las mujeres , lo fue siempre ,en los tiempos antiguos igual que ahora. Recuerdo la casa de mi abuelo con la misma estufa y la”lezhanka” para dormir encima de la estufa. Un abrazo y muchas gracias.

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  2. Gracias por tu sincero apoyo. Te recomiendo leer “Por el valor y el coraje demostrado incluso a costa de su propia vida” y “Donde ataca la guardia” Creo que te gustarán

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